Seamos menos productivos

Seamos menos productivos
Escrito por Tim Jackson*, The New York Times, 26 de mayo de 2012

¿Ha llegado al límite el afán por la búsqueda de la productividad del trabajo?

En las economías capitalistas modernas a menudo se considera la productividad, es decir el rendimiento alcanzado en la economía por cada hora de trabajo, como el motor del progreso. El rendimiento lo es todo. El tiempo es oro. La búsqueda del aumento de la productividad ocupa montones de páginas de literatura académica y obsesiona las vigilias de los presidentes de empresa y los ministros de finanzas. Quizá sea perdonable: nuestra capacidad para producir más con menos gente nos ha aliviado del trabajo pesado y nos ha proporcionado una enorme riqueza material.

Pero el afán incesante por la productividad puede también tener algunos límites naturales. Una productividad en constante aumento supone que, si nuestras economías no siguen expandiéndose, corremos el riesgo de dejar a gente sin trabajo. Si es posible aumentarla año tras año, con cada hora de trabajo o bien aumenta la producción o hay menos trabajo disponible. Nos guste o no, nos encontramos enganchados al crecimiento.

¿Qué debería pasar entonces cuando, por un motivo u otro, no va a haber más crecimiento? Puede tratarse de una crisis financiera. O del aumento de los precios de recursos como el petróleo. O de la necesidad de frenar el crecimiento por el daño que le está haciendo al planeta: el cambio climático, la deforestación, la pérdida de biodiversidad. Cualquiera sea la razón, en las economías actuales ya no puede darse por supuesto que el crecimiento continuará de manera segura y fácil. El resultado es el mismo. El aumento de la productividad amenaza al pleno empleo.

Una solución sería aceptar los aumentos de productividad, acortar la jornada laboral y compartir el trabajo disponible. Propuestas como estas, conocidas desde la década de los treinta, están resurgiendo en alguna medida a consecuencia de la recesión continuada. La New Economics Foundation, un grupo británico de expertos, propone una semana de trabajo de 21 horas. Puede ser que a un maniático del trabajo no le guste la idea. Pero, por cierto, es una estrategia sobre la que vale la pena reflexionar.

Pero hay otra estrategia para mantener a la gente trabajando cuando se estanca la demanda. Tal vez sea una solución más sencilla y convincente a largo plazo: disminuir la presión sobre la búsqueda incesante de una mayor productividad. Mediante la reducción de la presión sobre la eficiencia y creando empleos en los que tradicionalmente han sido considerados sectores de “baja productividad” tenemos a nuestro alcance los medios para mantener y aumentar el empleo, incluso cuando la economía se estanca.

A primera vista esto puede parecer ridículo ya que estamos muy condicionados por el lenguaje de la eficiencia. Pero hay sectores de la economía en los que la búsqueda del aumento de la productividad no tiene ningún sentido. Ciertos tipos de tareas se basan intrínsecamente en la asignación de tiempo y atención por parte de quienes las desempeñan. Las profesiones dedicadas a la atención de las personas son un buen ejemplo: la medicina, el trabajo social, la educación. La expansión de nuestras economías en esas direcciones tiene todo tipo de ventajas.

En primer lugar, el tiempo dedicado por estas profesiones mejora la calidad de nuestras vidas directamente. Hacerlas cada vez más eficientes más allá de cierto punto no es verdaderamente deseable. ¿Qué sentido tiene pedir a nuestros maestros que se hagan cargo de clases cada vez más numerosas? ¿O a nuestros médicos que traten más y más pacientes por hora? La Escuela Real de Enfermería de Gran Bretaña advirtió recientemente que los miembros del personal del Servicio Nacional de Sanidad que se dedican a la atención personal directa están actualmente “sometidos a un grado de exigencia que los coloca en situación crítica” debido a la reducción de la cantidad de empleados, al mismo tiempo que un estudio anterior de este mismo año en el Journal of Professional Nursing revelaba una disminución preocupante de la empatía de los estudiantes de enfermería que tenían que lidiar con presiones en los plazos y la eficiencia. En lugar de imponer objetivos de productividad carentes de sentido deberíamos tratar de destacar y proteger no sólo el valor del cuidado sino también la experiencia de quienes lo proporcionan.

La atención y la preocupación de un ser humano por otro es un “producto” peculiar. No se puede almacenar. Su comercio lo degrada. No lo proporcionan las máquinas. Su calidad depende completamente de la atención que una persona le presta a otra. Incluso hablar de la reducción del tiempo que se le dedica es malinterpretar su valor.

La atención no es la única profesión que merece una atención renovada como una fuente de empleo económico. El oficio es otra. La precisión y el detalle que en sí encierran los bienes artesanales son lo que les otorga un valor duradero. El tiempo y la atención que dedican el carpintero, la costurera o el sastre son lo que hacen posible tal detalle. Lo mismo sucede en el sector cultural: el tiempo que se pasa practicando, ensayando y ejecutando, por ejemplo, es lo que da a la música su atractivo perdurable. ¿Qué se obtendría, aparte de un ruido sin sentido, si se le pidiera a la Orquesta Filarmónica de Nueva York que ejecutara la Novena Sinfonía de Beethoven más rápido cada año?

La tendencia endémica moderna a reducir o eliminar progresivamente esas profesiones resalta la locura que subyace en el núcleo de la economía de consumo obsesionada por el crecimiento e intensiva en recursos. La baja productividad es vista como una enfermedad. Se denigra un conjunto completo de actividades que podrían proporcionar ocupación plena de sentido y contribuir a la comunidad con servicios valiosos porque entrañan emplear gente para que trabajen con dedicación, paciencia y atención.

Pero a menudo la gente obtiene un sentido más profundo de bienestar y satisfacción tanto como productores como consumidores de esas actividades que lo que jamás experimenta de la economía de supermercado, escasa de tiempo y materialista en la que pasamos la mayor parte de nuestras vidas. Y aquí está, quizá, el aspecto más notable de todos: como estas actividades se construyen alrededor del valor de los servicios humanos en lugar de la incesante producción de objetos materiales, ofrecen una ocasión medio decente de hacer que la economía sea más sustentable para el medio ambiente.

Por supuesto, una transición a una economía de baja productividad no será el resultado de una mera formulación de propósitos. Exige una atención cuidadosa a las estructuras de los incentivos, por ejemplo impuestos más bajos al trabajo y más elevados al consumo de recursos y la contaminación. Reclama no limitarse a declamar sobre los conceptos de atención centrada en el paciente y enseñanza enfocada al estudiante. Demanda el desmantelamiento de los objetivos de productividad perversos y una inversión seria en las capacidades y la formación. En síntesis, evitar el azote del desempleo puede que tenga que ver menos con la búsqueda del crecimiento y más con la construcción de una economía de la atención, el oficio y la cultura. Y al hacerlo así, que se vuelva a colocar el valor que tiene un trabajo decente en el lugar que le corresponde en el corazón de la sociedad.

*Tim Jackson es profesor de Desarrollo Sustentable en la Universidad de Surrey y autor de “Prosperidad sin crecimiento: Economía para un planeta finito.”

Traducido por Jorge Crosa para Ecopolítica

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